Los fluidos vaginales juegan un factor clave en nuestra salud y placer sexual, y cambian a lo largo de nuestra vida mientras somos fértiles. Como otros fluidos en nuestro cuerpo, la función vaginal es como una bola de cristal: nos dice que sucede, si estamos sanas o con algún desequilibrio, o si estamos en nuestro momento de ovulación o atravesando un periodo no fértil.

Es de común conocimiento que, por ejemplo, tener moco en la nariz es común, pero cuando aumentan, algo está pasando. Entonces, cuando la sangre menstrual aparece fuera de nuestro ciclo, ¿de qué nos está advirtiendo? Bueno, obviamente, hay un desequilibrio. Igual ocurre con nuestros fluidos vaginales. Podemos descifrarlos para entender nuestro sistema corporal.

El flujo vaginal se auto-regula perfectamente: limpia y protege nuestra vagina, conformada por su macrobiota o “flora vaginal”, compuesta de bacterias vivas, en su mayoría lactobacilos. Además, la acción del estrógeno es esencial para mantener este equilibrio. Si estas hormonas se alteran, la humedad se verá afectada, así como la consistencia y composición de nuestro flujo.

A medida que experimentamos variaciones a lo largo de todo nuestro ciclo, hay que saber detectar cuándo las alteraciones son parte de nuestra transformación hormonal y en que momento nos alertan de que algo está mal. La descarga vaginal es comúnmente alterada por agentes externos, ya sean desodorantes, jabones vaginales y sustancias químicas de tampones, toallas menstruales, etc.

Todo esto puede dejar a nuestra vagina indefensa sin el flujo protector facilitando la proliferación de hongos o la propagación de infecciones. Esto se manifiesta con una descarga inusual de flujo acompañada de mal olor, irritación, etc. Podemos notar que esto es una advertencia, para intentar volver al equilibrio de nuestro cuerpo.

Moco cervical:

Es segregado por el útero y sus glándulas, que bajo la influencia neurológica y hormonal, secretan distintas clases de moco a lo largo del ciclo. Su misión es bloquear el cérvix para que no entre esperma y recibirlos en el momento de la fertilidad para una posible concepción, así como generar un amortiguador que cierre y proteja la entrada de nuestro útero de posibles patógenos. Estas variaciones se pueden clasificar en tres fases:  folicular, ovulación y lútea.

Fase folicular: al final de nuestra menstruación, pasamos por un período “seco” de moco, durante el cual aparece el moco ácido cervical, concentrado en amortiguar el cérvix para protegerlo de infecciones y la posible entrada de esperma. Es un período de baja fertilidad. El moco tiene una consistencia espesa, no elástica y de coloración blanca, amarillenta u opaca. Esta fase suele durar siete días, aproximadamente, en un ciclo de veintiocho días.

Ovulación: las hormonas se están preparando gradualmente para ovular, lo que hace que las criptas del cuello uterino secreten moco más elástico y menos ácido unos días antes. Poco a poco, el flujo aumenta notablemente, por eso te sientes más húmeda. Cuando se examina, su consistencia es similar a la de la clara de huevo. Es transparente y, si lo estiras con los dedos, no se romperá. Podrás notar que se aproxima el día pico de su fertilidad. Es entonces cuando el cuello uterino se dilata y se alinea con la vagina para la posible entrada del esperma.

La función de este moco fértil es proteger y encaminar el esperma de la vagina a los tubos uterinos, además de proporcionar más tiempo de vida: (pueden permanecer vivos de tres a cinco días dentro de nuestro cuerpo). Por otro lado, nos proporcionan más lubricación para aquellos días de libido inminente.

Fase lútea: se produce la ovulación. Si el ovocito no se fertiliza tres días después del día de máxima fertilidad, el tapón de moco reaparece en el cuello uterino que cierra la entrada al útero y nos protege contra los agentes patógenos. Este período disminuye la fertilidad y así será hasta el comienzo del próximo ciclo.

¡Vamos a conocer nuestros fluidos!

La vagina y sus glándulas secretan fluidos lubricantes de la excitación sexual. Estos están compuestos de agua, piridina, escualeno, urea, ácido acético y ácido láctico, entre otros. Su consistencia dependerá de la fase del ciclo en que se encuentre. El escualeno es nuestro lubricante natural por excelencia, una sustancia que también existe en el hígado de los tiburones. Interesante, ¿verdad?

El único flujo vaginal que nos duele es el que se forma cuando se padece un hongo o una infección, ya que su manifestación suele ser incómoda. La mayoría de los productos químicos, como los protectores diarios, diseñados para ocultar el moco vaginal, atacan nuestro propio sistema de defensa y interfieren con nuestra ecología vaginal.

El estrés, así como la mala nutrición o las bajas defensas, entre otras cosas, influyen sobre el moco guardián sagrado. Es hora de interactuar con nuestro ecosistema fluido y protegerlo con la ayuda de alimentos que contienen probióticos, así como dejarlos libres de productos artificiales que afecten a nuestro cuerpo.

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